La niña de la luna roja

En el atardecer he estado expectante del suceso. Tal vez falten unas horas para que llegue la luna roja. La familia está reunida. La niña juega a que es un gato.
--Miau, miau.
Me pide que no la dejé sola. Los perros de la calle han comenzado a soltar aullidos. Presiente que algo le sucederá. El adivinador de la aldea nos había dicho que nos previniéramos de la luna roja, es cuando los seres alados vienen por los niños para convertirlos en maceguales. Ellos resguardarán la memoria de este pueblo porque hay presagios de unas casas grandes flotando en el mar que se acercan.
Ha comenzado a oscurecer y la tibieza de la tarde todavía se conserva. El conejo de la luna se ve rebosante e inmenso. Mi mirada de guerrero tigre toca con la mirada los abismos y los cráteres de la luna. Mientras las sombras continúan sobre la cara de ella la van dejado como una moneda lisa. La niña está cada vez más inquieta, tanto como nosotros. Decidimos subir al teocali, el frío hiere nuestras mejillas, pero el gatito no quiere cobijarse con las cobijas de algodón. La pequeña quiere saber ¿por qué el conejo fue lanzado a la luna?  Un menisco ha comenzado a aparecer en el borde de ella. Estamos expectantes del suceso. Tenía tanto tiempo sin poder admirar ese fenómeno. La pequeña sigue ronroneando. Recuerdo cuando vivíamos en una montaña con unos amigos poetas. El techo de la casa tenía un agujero y cuando dormíamos, admirábamos la luna.
La pequeña niña me pregunta
-- ¿papá, a dónde va el conejo de la luna roja, ya casi no se ve? --está admirando el conejo que hay en la luna.-- Él se irá a algún lado, tal vez con los dioses del maíz o del jaguar.
-- ¿Papá, es cierto que hace muchos años vivían otros pueblos en esta ciudad?
--Sí, eso fue hace mucho, mucho tiempo.
--¿Antes de que naciera la abu?
--Antes de que naciera la abuela. Eran aztecas. Tenían dioses del maíz, del sol, de la luna.
Los minutos van pasando, es una noche fría.
--¿Cómo fue que cambiaron las cosas?
--Hace mucho tiempo llegaron unos hombres en un barco, decían que llegarían en una casa. Eran los presagios de los hechiceros. Había una mujer que se llamaba Malintzin, dice que era una princesa Tlaxcalteca. Hablaba maya. Y la llevaron como dote a una tribu maya.
Llegaron los españoles y rescataron a varios soldados entre ellos Jerónimo de Aguilar que había aprendido el maya. También encuentran a la noble Malitzin, que le ayuda al soldado Cortez a traducir lo que los pueblos aledaños querían. Y esas estrellas que se ven abajo
--Se llama la constelación de orión.
-- Ya se mira como el sol comienza a morder el borde de la luna.
--Cuéntame más de los aztecas.
--Era un pueblo migrante, dicen que era muy primitivo pero eso no se puede saber, sabían matemáticas, astrología y creo que el atraso no existe.
Ella sonríe al entrarse de esto.
--¿Y Malitzin tiene algo que ver con la llorona?
-- Ella era lo llorona
--¡Ay mis hijos, hay mis hijos, dice en forma de broma y sonríe.
Yo me hago el asustado.
La luna se ha cubierto de rojo.
No puedo contarle que tuvo hijos con Cortez y que este se casó con otra mujer Española, y Malitzin ahogó a sus hijos en un río. Por eso ahora vaga ese ser fantasmagórico  por muchos rincones gritando desconsoladamente hasta encontrarlos.
Beso sus manitas y veo su delicada piel. Nuestro mestizaje es profundo, fuerte, espiritual. La serpiente emplumada desciende de la luna roja como con los caballeros águilas hace muchos años.

Ella le pide al padre que la cargue y que la trate como un gatito. No nos gusta la idea de que se convierta en un protector de nuestro pueblo. Deseamos verla cosechando maizales, cuidando los patos y las tótolas silvestres de nuestros lagos. Los atabales de los guerreros ha comenzado a retumbar. Los presagios se desencadenan. Se escucha el lloriquear de las viejas, las mujeres y los niños.


Fotografía de Yuri Valecillo

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